El cielo en sus ojos se refleja,
indómito y sagrado.
Habita el sol en su sonrisa
como un refugio.
Espigas de plata y oro,
su cabello se vuelve un atardecer dorado
en su encanto sincero, sin más artilugio:
una luz que espera, calma,
a veces, con trémula impaciencia.
Viajera eterna, soñadora de alma.
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